Rua S. João

Una imaginación atlántica

El mar empezaba a agitarse. Desde la orilla lo miraba el monumento a los pescadores de Matosinhos. A media mañana, en las cercanías del Porto de Leixões, los camiones cargaban y descargaban cajas de hielo y pescado y en las puertas de los restaurantes, junto a las terrazas vacías, se empezaban a prender las brasas. Venían en el aire briznas de bruma, volutas de humo de carbón y un aroma de pescado fresco -también, a veces, un olor a pescado recién cocinado al pasar por la puerta de un restaurante-. El Atlántico se rizaba frente a la costa de Oporto, presagiando la llegada del otoño, como se riza el mar en el sur de Inglaterra. Lo recordé, quizás, por la pasarela que zigzaguea entre las rocas siguiendo la costa, o por la roca de color marrón oscuro con voluntad de fondo marino. En algunas playas, los surfistas aprovechaban las primeras olas de la temporada fría. Hacia el sur, por la playa, ya no quedaba más que algún paseante distraído, restaurantes vacíos, locales abandonados que no dejaban más plan que entregarse a la humedad de la arena y las estatuas del paseo marítimo congeladas en el temporal: un timonel con el chubasquero ondeando al viento, un marino en una barca a punto de lanzar un salvavidas, las mujeres de los pescadores, ya viudas, que miraban al mar aterradas por la tragedia de un naufragio.

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Terraza en Oporto a la orilla del Duero

La borrasca al irse dejaba por la tarde un brillo limpio en las calles del centro de Oporto y la gente llenaba la Rua de Santa Catalina y las mesas del Majestic Café. La tibieza de la temperatura, tan débil como la intensidad del café con leche, dejaba que resaltara aún más el intenso sabor de los pastéis de nata recién cocinados en una ciudad hecha de contrastes: las fachadas de las iglesias, arrasadas por la humedad, escondían el pan de oro de los altares barrocos; el bullicio silencioso se movía rápidamente entre un tráfico denso, lento y ordenado; el cementerio de Agramonte era un jardín de mausoleos de cuento gótico que hacía de pausa entre avenidas comerciales; si apretaba el calor, a veces se levantaba una brisa refrescante que venía del río; las sombrillas de colores decoraban la vista de las fachadas en las que ondeban como banderas las prendas de ropa tendidas; un moderno metro ligero cruzaba lento la parte alta del puente de Dom Luís I; entre las casas porteñas, a la orilla del Duero, aparecía de repente la ensoñación de una cabina de teléfonos roja como las cabinas de teléfono londinenses.

El Oporto moderno -no el romántico, no el decadente- empieza en el aeropuerto Francisco de Sá Carneiro y continúa con el moderno metro que lleva hacia el centro. Al bajar del tren en la estación de Carolina Michaelis, la ciudad recibía al visitante con un jardín en flor y una escalinata que descendía hacia la rua Boavista; y allí ya se veía el paisaje urbano portugués de los edificios desconchados, las casas envejecidas, el aspecto de deterioro eterno -eterno y falso-. Pero Portugal respira en cada esquina: casi en cada calle hay un alarde de buen gusto por la arquitectura, e incluso en la arquitectura humilde se han pintado los enrejados, las puertas y las ventanas de colores vivos, con el mismo mimo que negligencia se ha empleado al abandonar el resto de la fachada o al dejar la ropa tendida en los balcones, esa buena práctica para el secado que en otras ciudades está terminantemente prohibida.

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Un edificio cualquiera en Oporto

Como en una especie de venezia portuguesa, en el centro de Oporto se aglutinan los más románticos de los rasgos urbanos de Portugal: las cuestas tortuosas de las ciudades fortificadas, los torreones de Estremoz, la disposición señorial de las plazas de Évora, la amplitud de las grandes avenidas de Lisboa -que parecen mayores aquí, más elegantes en su holganza de descanso de marino viejo-, y el aire porteño de Faro, que ahora me parece que fue inventado aquí y más tarde exportado o copiado por otras ciudades. Sus barrios invitan a los recovecos, a los rincones, a los recodos, pero sobre todo a la vida al aire libre de las azoteas y los balcones, o al menos de las ventanas abiertas y de la vida de puertas para afuera. Sobre los tejados asoman sobre todo dos edificaciones: la Catedral, que mira hacia el oeste como un cíclope con su rosetón, y la enorme Torre dos Clérigos, que domina la ciudad -Oporto es una ciudad hecha para ser vista no sólo desde sus calles, sino también desde la altura de sus miradores, sus puentes, sus torres, su teleférico-.

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Panorámica de Oporto

Desde la estación de metro de San Bento, dos caminos nos acercan al río Duero: si el Puente de Dom Luis I nos lleva a pasear sobre el río a una altura de vértigo, la Rua Mouzinho da Silveira nos lleva rápidamente a la rua São João y ésta desciende hacia la orilla. Desde lo alto del puente volvíamos a tener toda la vista de la ciudad a nuestros pies, el atardecer tímido tras la bruma de la desembocadura, los barquichuelos que remontaban el río en las aguas doradas que reflejaban el sol, en la orilla izquierda las bodegas de vino de Vilanova de Gaia, en la orilla derecha los tejados de Oporto. Desde abajo, es el puente de Dom Luis I el que domina la vista durante el día, pero durante la noche la ingeniería enmudece ante la iluminación de la orilla de Gaia, los músicos que tocan para los turistas en los embarcaderos y la vida porteña que no cesa entre los vaivenes de los turistas, la lentitud de los camareros y las gitanas que ya recogen sus puestos.

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Rua S. João

Quizás la ciudad sea heredera de la arquitectura de aquellos comerciantes ingleses que se asentaron en Oporto para vender vino. Quizás por eso en algunas esquinas yo me sorprendía ver una cabina de color rojo en la que en lugar de ‘Telephone’ se pueden leer las siglas de la compañía telefónica de Portugal, ‘PT’. Con la imaginación de la costa inglesa volví al hotel y ya después de la cena escuché tronar el temporal atlántico que volvía a descargar en la ciudad. Un viento húmedo y a rachas violento acariciaba las calles, los edificios, los tejados. Cerré los postigos de la ventana y desde el hermetismo de la habitación me imaginé la ciudad hundida en una escena de barcos fantasma que navegaban el río Duero, contagiado ahora del oleaje del océano. El viento arrojaba contra el puente de Dom Luís I masas de agua que nublaban el panorama, y la ciudad entera se diluía en la violencia de la lluvia como la realidad en los sueños. Escribo ahora, ya de vuelta en Madrid, y recuerdo que la ciudad que existía a orillas del atlántico se confundía con la ciudad que imaginaba yo en la habitación del hotel antes de dormir -que era a su vez una mezcla de recuerdos recientes, de películas, de libros leídos en la niñez-, y Oporto, la ciudad de Oporto caminada palmo a palmo, vista desde la altura de la Torre dos Clérigos, bebida en una copa de vino y fotografiada con todas las luces posibles del día y de la noche, deja ahora con su belleza un sedimento de dulzor en la memoria y parece menos una ciudad del mundo que una imaginación atlántica.

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Río Duero