Venus y la música

El rey se va de putas. El rey pasmado

En el cielo se pueden observar los terribles augurios que amenazan España. El padre don Secundino Mirabel Pacheco, párroco de San Martín, los observa, como cada noche, con su catalejo, y escribe su terrible informe para el Gran Inquisidor, como cada semana, sobre los brujos y brujas que surcan las alturas. No obstante, en esta ocasión, no sólo es el cielo quien trae las malas noticias sino que en la calle Pez, según cuentan, ha aparecido un gran socavón que llega hasta el mismísimo infierno como prueba el hecho del olor a azufre que inunda el olfato de algunos, además de una pequeña serpiente, que ha ido creciendo de boca en boca hasta llegar a dragón durante su paseo por la ciudad.

Si todo esto es una terrible señal, hay algo aún más horrendo, sobre todo teniendo en cuenta que los barcos que intentan hacer llegar el oro de las Indias a España amenazados por los ingleses están a punto de llegar y que las tropas españolas luchan en Flandes: el rey se ha ido de putas. Acompañado por el Conde de la Peña Andrada, Felipe IV ha ido al encuentro de Marfisa, la puta más cara de toda la ciudad. En la mañana, en el momento de volver a Palacio, el rey, a través del espejo, contempla el bello cuerpo desnudo de la “Venus”, se deleita por primera vez con la belleza de un cuerpo de mujer. Pasmado ante tan desmesurado descubrimiento, su mente no podrá apartar esa imagen y ese deleite que lo lleva a desear ver también a la reina Isabel de Borbón, su mujer, desnuda.

Estamos en una España llena de superstición y fanatismo, en una España en donde las creencias populares rezuman la mente no sólo del pueblo sino también de otras clases sociales, en especial el clero, poco preparado en sus niveles más bajos y que ve al demonio y a los brujos que le sirven en cualquier asunto que se les presenta. El fanatismo de algunos de los miembros eclesiásticos nos hace vivir en una sociedad en la que Dios -o, mejor dicho, sus representantes- nos puede castigar en cualquier momento. España, sin embargo, no sufrió esa fiebre desmesurada que ocupó el tiempo de las inquisiciones de Europa con sus “cazas de brujas”. La Inquisición española estuvo más preocupada por el tema de los judíos, un poco de los árabes y en la época que nos ocupa, a pesar de la llegada de marranos portugueses favorecida por Olivares por intereses económicos, por temas morales tales como la homosexualidad, el adulterio o la blasfemia pero no la llama viva de épocas anteriores, especialmente la de Torquemada.

 

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Venus y la música

Imanol Uribe lleva a la pantalla la novela de Torrente Ballester Crónica del rey pasmado de manera fidelísima no sólo en su forma sino también en su fondo. El tema central y todos los aspectos que lo rodean son plasmados sin manipulación ni interpretación; de lo único que se prescinde al final es del olvido por parte de los protagonistas del Conde de la Peña Andrada, figura cuyo papel y existencia ha sido borrado de la memoria de los personajes como por arte de magia, tal vez por mano del mismísimo diablo.

El rey se ha ido de putas y ha quedado “pasmado” al ver el cuerpo desnudo de la prostituta Marfisa; ahora arde en deseos de ver el de su mujer, la reina, en el mismo estado. La alarma ante esta actitud, avivada su llama por las visiones celestes del párroco de San Martín pero, sobre todo, por el fanatismo del padre franciscano Villaescusa, cunde por todos los rincones de la Corte. Los barcos procedentes de las Indias y cargados con el oro que ayudará a salvar las arcas reales de la bancarrota están a punto de llegar si consiguen superar la amenaza de los ingleses; en Flandes está teniendo lugar una batalla crucial de las tropas españolas contra los “herejes”. El rey se ha ido de putas, además ahora tiene la osadía de querer ver a la reina desnuda; esa actitud sin duda molestará a Dios quien sin dudarlo castigará a España por semejante desorden moral. Dios, que siempre ha estado del lado de los españoles por haber luchado en tantas ocasiones en su nombre, Dios, que siempre ha socorrido a sus fieles súbditos en los momentos más difíciles, puede ahora mirar para otro lado ofendido por la actitud tan poco “católica” de Felipe IV, algo que, sin ninguna duda, no habría ocurrido con su abuelo Felipe II. Lo que a primera vista, sobre todo para el espectador actual, puede resultar un sinsentido, en el siglo XVII no lo era ni mucho menos. El rey ya no era un dios en la tierra pero sí una “elección divina”. La monarquía en sí era un designio divino, al igual que su representante pero en el rey, junto con ese lado divino, se encontraba otro humano que era el de las pasiones. Un buen rey debe hacer prevalecer su aspecto divino, su alma, respecto a sus deseos terrenales, respecto a su cuerpo.

Cuando la Inquisición condena a algún “pecador”, uno de los procesos es la procesión en la que todo el mundo puede ver al hereje. En muchos casos, más que una posible multa económica o un castigo físico, supone una mayor ofensa este paseo entre el pueblo ya que la honra, en una época en donde es lo más importante, queda mancillada. Pero esta pérdida de la honra, este desprestigio público no sólo afecta al penitente sino a toda su familia. Los pecados de uno los paga el resto de sus allegados. Así, si el pecador es el rey, quien sufrirá las consecuencias es el pueblo; de hecho, si en una localidad tienen lugar numerosos actos contrarios a la actitud recta que espera la Inquisición, se colocarán como banderas el anuncio de esos actos en la parroquia del pueblo para que todo el mundo conozca la vergüenza del lugar y de sus habitantes.

El hecho de que el rey se haya ido de putas y que ahora quiera ver a su mujer desnuda no es algo personal, no es un tema que pertenezca al ámbito privado sino que es de interés público porque quien va a pagar las consecuencias de una actitud contraria a Dios es el pueblo, es España en general. Que los barcos con el oro lleguen a puerto sanos y salvos o que las tropas españolas venzan en la batalla no se piensa que dependa tanto, como dice el “demonio” al padre Rivadesella, ni de la presteza de los ingleses ni de los estrategas militares y su armamento, depende de si Dios quiere premiar o castigar a su pueblo. No debemos olvidar que el declive de España, más que a cuestiones militares o económicas, se deberá a una total pérdida de confianza ante los reveses sufridos como el de la Armada Invencible. Al tiempo de la derrota, el poderío naval de España no sólo se había recuperado sino que era superior al pasado, sin embargo se había perdido -y no recuperado- la confianza; se pensaba que Dios había abandonado a su pueblo, al que había luchado por su religión, y ahora estaba a la deriva. Siempre todo se había solucionado como por arte de magia, ahora España tenía que caminar por sí sola.

En la entrevista que mantiene el demonio con el padre Rivadesella se nos muestra una visión más razonable de los problemas morales que plantea el hecho de que el rey desee ver a la reina desnuda con respecto al futuro de España. Ni el diablo ni, probablemente, Dios tienen el más mínimo interés ante este hecho; a los únicos que les interesa es a los fanáticos religiosos como el padre Villaescusa quien, ávido de poder, se ha olvidado de la verdadera religión, incluso hasta de Dios en quien, como transmite el padre Almeida, tal vez ni crea.

Se ha querido ver en este portugués una referencia a la “teología de la liberación”. El padre Almeida ha llegado de las Indias y va camino de Inglaterra, donde probablemente su vida acabe por predicar la fe católica. Ve en los indios a seres humanos a quien les ha enseñado que Dios mandó a su Hijo para morir por nosotros, les enseña la esencia religiosa dejando de lado las manifestaciones externas. Quizá, en ciertos aspectos, podría encontrarse en esta época el germen de lo que terminará siendo la “teología de la liberación”.

A pesar del fanatismo del padre Villaescusa o de la superstición del párroco Mirambel Pacheco, también se nos da una visión mucho más moderada de la religión, como podemos ver en la figura del confesor del rey o en la, sorpresivamente, del Gran Inquisidor. La Inquisición española ha gozado del mayor de los desprestigios gracias a la famosa “leyenda negra” que procede del reinado de Felipe II. No obstante, aquí somos testigos de una Inquisición mucho más moderada de lo que generalmente se nos presenta. Su máximo dirigente, el Gran Inquisidor, actúa con gran comedimiento. El Tribunal de la Inquisición generalmente estaba formado por canonistas, es decir, expertos en leyes. Ellos se encargaban de, según las pruebas presentadas, ver si el acusado era culpable o inocente; todo se mantenía en el mayor de los secretos no sabiendo el acusado ni de qué ni quién lo acusaba. El acusado era interrogado varias veces, se pretendía que él mismo manifestase cuál era su culpa. En los casos en los que se recurría a la tortura, en la que siempre estaba presente un médico y en la que se intentaba no llegar a umbrales de dolor insoportables ni sangrientos, la declaración debía ser confirmada después para asegurarse de que no había sido arrancada por la coacción.

Si el rey ha puesto en riesgo a España con el adulterio cometido y, posteriormente, con el deseo de ver a la reina desnuda es algo que tiene que ver el Consejo de la Suprema. En el caso de que hubiera habido un juicio inquisitorial en donde el acusado lo hubiera sido de atentar contra la fe cristiana, el Tribunal de la Inquisición actuaría de la misma manera. Como hemos dicho antes, este tribunal está formado por canonistas, especializados en interpretar pruebas; cuando son cuestiones teológicas consultan con otros miembros para determinar si existe o no ofensa a Dios y a la religión. Que el rey se ha ido de putas es un hecho pero ¿se ha cometido adulterio? En principio parece claro que sí, sin embargo la intervención del padre Almeida siembra la duda. Para dilucidar la calificación de estos hechos se formará un grupo de expertos que estudien estos actos.

Los personajes más misteriosos tanto de la novela como de la película son el conde de la Peña Andrada y el padre Almeida.

 

El convento de San Plácido

La “leyenda” habla de unos amores entre el rey y una monja del convento de San Plácido gracias a la alcahuetería de Jerónimo de Villanueva.

El problema de la descendencia del Conde Duque, como vemos en la película, fue también tema de preocupación para las monjas del convento de San Plácido, que oraron ferviertemente por la consecución del embarazo. No obstante, también encontramos rastros en panfletos y libelos de la época en donde se nos habla que su contribución fue mayor y que, efectivamente, en el convento el Conde y la condesa acometieron el acto sexual allí con ese fin. Las posibilidades de que esto sea cierto son muy escasas aunque no pone en duda, como algunos dicen, la verdadera religiosidad de la esposa de Olivares quien creemos que, precisamente por su verdadera fe, se habría prestado a semejante situación para tener el tan ansiado hijo.

Pero sobre este tema hablaremos próximamente.