Georges Méliès - First Wizard of Cinema

El padre de la imaginación

Debió ser un mediodía de 1996 cuando vi por primera vez en televisión el videoclip de Tonight, Tonight, la famosa canción del Mellon Collie and the Infinite Sadness de The Smashing Pumpkings. El producto era llamativo para el adolescente que fui: rock alternativo, arreglos orquestales y una voz desafinada -el mejunje funcionaba: por ejemplo, en el noventa y nueve hicieron algo parecido Silverchair en Emotion Sickness-. En el video promocional de Tonight, Tonight se contaba la historia de un viaje a la luna con un lenguaje visual que resultaba muy familiar: trajes de época, un zepelín mecánico bautizado como un barco que se eleva hacia las estrellas, acercándose a una Luna que tiene un rostro humano y una forma de reír entre lo cómico y lo siniestro, astros que se desplazan por el firmamento como recortables en un escenario para marionetas, selenitas que bailan de una manera a la vez divertida y amenazante en una especie de pesadilla diseñada para todos los públicos.

Yo no sabía entonces que aquellos motivos tenían su precedente cerca de un siglo atrás en Le Voyage dans la Lune (1902) de Georges Méilès, más bien me habían recordado a algo que en realidad nunca había visto: De la Tierra a la Luna de Julio Verne (1865), que había leído unos años atrás. Si Méilès se inspiró claramente en la ciencia ficción de Verne, añadió de su propia cosecha los elementos fantásticos, el perturbador rostro de la luna, los sabios que parecen magos de oriente más que científicos del siglo XIX, los astros que surgen en el cielo como apariciones de cartón piedra, todo seguramente inspirado en las fantasmagorías que se proyectaban en los teatros parisinos de la segunda mitad del siglo XIX. No en vano, sus primeras películas se proyectaron el teatro que llevaba el nombre del ilusionista Robert-Houdin.

La fantasía del novelesco Méliès se ha contagiado también a su biografía. Hábil constructor de artefactos mecánicos, inventa en el sentido más artesanal de la palabra: dibuja y diseña sus escenarios, fabrica su primer cinematógrafo, se ve obligado a comprar los primeros rollos de película en Londres y a perforarlos manualmente en París, construye su propio estudio, funda su propia productora, StarFilm, diseña sus trucos de cámara como un mago que diseña sus juegos o da color a mano a sus películas, lo que les confiere una atmósfera aún más irreal. Ahora es fácil encontrar algo romántico en las imperfecciones de las películas de Méliès, lo vintage está de moda, pero también es fácil también entender la magia de aquel cine recién inventado, que tenía más de linterna mágica que de efectos 3D, y que parece que no ha envejecido tanto.

En el esfuerzo del primer cine, Georges Méilès mezcla las tareas administrativas de producción o de gestión de derechos de autor con los trucos ópticos de los magos. En L’Homme à la Tête de Caoutchouc (1901) Méliès experimenta con su propia cabeza, inflándola con un fuelle hasta hacerla estallar. Para conseguir el efecto, debía seguir un proceso manual bastante complejo. Primero había que proteger de la luz las zonas de la película que conformaban el decorado, la puerta y la silla en la que el científico bromista se sienta para manejar el fuelle, dejando expuesta sólo la zona de fondo negro en la que se verá la cabeza situada sobre la mesa. De esta manera, podría rodar primero la cabeza, acercando y alejando la cámara para simular el efecto de inflado, sin grabar el resto de la escena; después, debía rebobinar la cinta con sumo cuidado para no velarla y rodar de nuevo el resto de la escena, protegiendo de la exposición esta vez la zona en la que aparece la cabeza de Méliès y registrando el resto del decorado y de los personajes, con una coreografía perfectamente sincronizada, dando así la sensación de que todo había sido rodado al mismo tiempo.

En una reseña biográfica sobre Méliès, escrita por el propio Méliès, leemos: «Había llegado -en este orden de cosas- a un virtuosismo que nunca ha sido superado, ni siquiera igualado. Nadie discute su maestría genial en las obras fantásticas de imaginación». Orgulloso de sí mismo, Méliès vio cómo el mundo onírico que había construido en el París de principios del siglo XX se iba derrumbando. Vencido por los cambios en la industria cinematográfica, fue incapaz de explotar económicamente Voyage dans la Lune en Estados Unidos. En 1913 se retiró de todo contacto con el cine y transformó uno de sus estudios en teatro. Durante la Primera Guerra Mundial, Méliès cayó definitivamente en la ruina y tuvo que vender propiedades, perdió sus estudios, y con el paso de los años terminó regentando junto a su mujer una tienda de golosinas en la estación de Montparnasse. Méliès permaneció olvidado por el mundo del cine hasta 1925 y no fue hasta 1938, el año de su muerte, cuando se restauró parte de su filmografía. La memoria de Méliès entonces comienza a recuperarse y en 1946 se crea un premio de cine con su nombre.

Es Méliès quien eleva el cinematógrafo de los Lumière de mera herramienta práctica a instrumento del arte, construye un lenguaje visual, construye una forma de narrar propia en cuanto a formas, ritmo y temas que se proyecta a lo largo del último siglo y llega hasta nuestros días. Para quien se aproxime por primera vez al director francés, en películas como Voyage dans la Lune será difícil distinguir si contempla una obra marcada por la influencia de Julio Verne o si es la obra de Julio Verne la que se ve influenciada por la estética de Georges Méliès a través la imaginación lectora de nuestros días.

Para saber más:

Méliès, Georges (2013). Vida y obra de un pionero del cine. Casimiro Libros, Madrid.
La magia del cine, del 26 de julio al 8 de diciembre en Caixa Forum Madrid.