Ein Unbekannter Deutscher Soldat

Ein Unbekannter Deutscher Soldat

Viajas y descubres. Duermes en una habitación con vistas al valle y te levantas descansado, bajas las escaleras de la casona de alquiler buscando el aroma del café, desayunas sin prisa en el jardín: tostadas, fruta, algunos dulces, otro vaso de café recién hecho. Caminas por el césped algo más largo de la cuenta, está mullido y húmedo del riego automático. El sol calienta pero la brisa es fresca ya, porque el verano casi se ha despedido. Vuelves a llenar el vaso de café, pero antes de mezclarlo con la leche lo hueles. Durante unos segundos sólo existe eso: tú y el vaso de café, y ni siquiera el vaso, tan solo el café, ni siquiera el café en sí, sino tan solo el aroma; la hierba, el poco espacio hundido bajo tus pies, el frío de la humedad en la piel; el sol, la temperatura aún débil sobre la cara; el sonido, un ladrido que se disuelve entre las montañas, algún pájaro que canta sin más poesía que la de contrastar con el silencio de lo más profundo del valle de la Vera.

Aunque todo es una preparación, un calentamiento para abrir los ojos y mirar alrededor. Si paso cerca de la comarca de la Vera, tengo siempre la tentación de subir valle arriba hacia Cuacos de Yuste. En 1556, Carlos V escogió un monasterio jerónimo cercano al pueblo como lugar de retiro espiritual donde pasar el día leyendo textos sagrados y prepararse para la muerte. Según sus planes, su cuerpo descansaría en una cripta debajo del altar mayor, la mitad inferior de su cuerpo justo debajo del altar, la otra mitad sobresaliendo de la zona del altar. De modo que mandó edificar una casa palacio y rodearla de jardines y estanques. En 1558, un mosquito proveniente de uno de estos estanques picó al monarca transmitiéndole el paludismo, que terminó por matarlo un mes después.

Ahora, alrededor de la paz de los jardines, del reposo de los estaques y de la hierba que crece en silencio, más allá de los muros del monasterio que aún sigue habitado por monjes, junto a las puertas de entrada, los turistas se reúnen en grupos, montan y desmontan autobuses que recorren rutas guiadas por la zona. Ya no parece buen lugar de descanso éste monumento que es una etapa más en la carrera turista de quien corre para ver cuanto más mejor. Ahora todo es un paseo turístico: la visita monumental, la degustación gastronómica, la caminata corta y suave, salir del monasterio y andar junto a la carretera en dirección hacia el pueblo de Cuacos de Yuste.

Pero la historia descansa también unos metros ladera abajo: junto a la carretera, en 1983 se construyó un cementerio militar alemán para reunir los cuerpos de los soldados alemanes caídos en España durante las guerras mundiales -no aquellos muertos en la Guerra Civil, los de la Legión Cóndor, que están enterrados en el Cementerio de la Almudena de Madrid-.

Me fijé en una lápida al azar la primera vez que estuve allí, en marzo de 2011. Buscaba un nombre, sólo uno, que convirtiera aquellas tumbas que estaba viendo en historias personales, porque la única manera de comprender la Historia es comprendiendo la vida de quienes la han vivido. Según la inscripción, el joven Helmut Krause falleció en 1943, durante la II Guerra Mundial. Yo no sé quién fue, quizás su cadáver llegó a la costa flotando, o quizás muriera ejerciendo de espía en territorio español. De su vida sólo quedará ya algún documento médico, algún registro, posiblemente ningún recuerdo.

Hay otras lápidas en las que falta la fecha de nacimiento, o el nombre. Ahora que he vuelto a visitar el cementerio militar alemán de Cuacos de Yuste reparo en que algunas de ellas en lugar de un nombre tienen una inscripción en alemán: Ein Unbekannter Deutscher Soldat, un soldado alemán desconocido. En la despiadada Europa de la primera mitad del siglo XX la gente de mi edad moría en guerras por motivos unas veces inciertos, otras siniestros.

Azares Bélicos IMG 1639 copia 2 636x310 Ein Unbekannter Deutscher Soldat

Veo las tumbas mientras sostengo mi cámara de fotos de aficionado: el peso del cuerpo y el objetivo sobre la mano derecha, mi piel humedeciéndose ya con una suave capa de sudor porque el medio día ya calienta el país, abre el apetito e invita a beber algo refrescante. El cuerpo de un hombre muerto en 1943 es trasladado en 1981 a una montaña hundida en la geografía de un país extranjero ¿Por qué? Tal vez porque los alemanes quisieron dar sepultura a sus muertos en el mismo lugar de descanso que varios siglos antes había escogido su emperador Carlos V. Da vértigo pensar que en lo incierto del destino de cada uno hay un componente de azar tan alto ¿Qué barrera separa a la persona que yace en un cementerio de quien lo visita cargado con una cámara de fotos? ¿Qué diferencia hay entre el cuerpo envuelto en una manta en un tanatorio improvisado en Siria y la persona que ve su foto a través de un periódico digital?

Viajas, haces turismo, vuelves a la casona, disfrutas en la indolencia: la siesta es larga, el atardecer dura varias horas, se filtra entre las hojas de los árboles que se disfrazan del ocre de la tarde. Todo se prolonga como a punto de detenerse. La cena dura hasta la media noche y luego el silencio del valle hace flotar la música lejana de una verbena de septiembre. Acercas la nariz a un vaso de whisky; el olor asciende en volutas invisibles de un humo con tacto de madera pulida; meces el vaso con la distracción del que garabatea en un papel; el hielo gira en el fondo removiendo el líquido como giran en la ruleta las flechas del azar.

Para saber más:
Monasterio de Yuste.
Cementerio militar alemán de Cuacos de Yuste.