Dos leyendas de Granada

Dos leyendas de Granada

Cada verano tiene una noche mágica en agosto: una noche sin obligaciones en la que uno se va sintiendo poco a poco liberado, sin más horizonte que la madrugada, ni tan siquiera la promesa del día siguiente. La sensación se agudiza en las calles de la Granada fantasmagórica de los edificios encantados, en la ciudad legendaria de los moros de la Alhambra, en los rincones que han pasado por el tamiz de los versos de Lorca o de los cuentos inventados por Washington Irving. Ahora que soy más turista que otra cosa en los veranos de Granada la Bella, recuerdo al pasear por el Paseo de los Tristes algunas de las leyendas que había escuchado cuando era niño -la magia de las noches de verano es aún más aguda en la niñez, en el tiempo en que todo es verosímil y siempre queda un hueco para la probabilidad de que lo más fantástico sea real-.

Más arriba de las terrazas de los bares, alejándose del bullicio que hay frente al Hotel Reúma y de los músicos callejeros hasta la zona peor iluminada por donde un puente cruza el río hacia la Cuesta de los Chinos y el camino que sube a la fuente del Avellano, recuerdo que me contaban que la suerte remota podía aparecer una noche de San Juan y luna llena precisamente en aquel lugar. Si junto al río Darro el caminante encuentra a un viejo mendigo pidiendo una moneda por caridad, no se debe dudar en dale limosna: se trata en realidad de un mago que conoce los secretos de los tesoros de la Alhambra -el oro moro que aguarda a ser descubierto en los pasadizos secretos que cruzan hacia el Albayzín-, y que los revelará sólo a quien no le niegue el auxilio, sólo una noche de San Juan, sólo si brilla la luna llena por encima de la Sabika en el momento en el que tú, paseante nocturno, cruzas el Puente del Avellano huyendo del calor de la ciudad.

Desde el Albayzín, por la cuesta del Chapiz, bajan las sombras que envuelven las farolas y los reflejos opacos de la calzada. Hacia el cielo se pierden el rumor del gentío y la guitarra española y la melodía de agua que pasa bajo nuestros pies: sube el sonido por la ladera como huyendo hacia la Alhambra donde vigila la luna llena que nos mantiene a salvo. Porque en las noches sin luna la muerte acecha en las calles de Granada. En el espacio de la madrugada, donde sólo queda la luz dormida sobre los empedrados y el sigilo del caminante, un jinete galopa al amparo del interlunio dejando resonar los cascos de un corcel negro en las paredes solas, casi perdiendo de puro brío el estribo al erguirse en tensión cada músculo de su espalda, alzándose por encima de la crin negra del pura sangre el cuello donde falta la cabeza del jinete moro, y el brazo en alto sosteniendo una espada ya llena de la sangre del incauto que no ha sabido apartarse a tiempo de su camino.

Más que imaginar, yo de niño veía al jinete decapitado de la leyenda mora perseguir al pobre caminante. La suerte podía ser determinante en el éxito o la ruina de quien paseaba en las noches de Granada: del tesoro del mago de la Fuente del Avellano al jinete decapitado. Quedaba siempre la esperanza de encontrar la mayor fortuna de una manera improbable e inesperada y la cautela ante la muerte inevitable y acechante. La suerte estaba echada y de alguna manera parecía que sólo cabía esperarla.

Pero las historias se repiten, se cuentan, se transforman, y vuelven a uno convertidas en historias nuevas moldeadas por los años y por la lectura que ha hecho cada una de las personas que las ha escuchado y contado. El tesoro escondido del viejo mago podía ser encontrado en otras leyendas si se tenía un punto de habilidad de más y uno menos de avaricia, por ejemplo, en la Torre de los Siete Suelos. En una de los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, un pobre albañil encuentra por suerte a un cura que lo emplea a cambio de un buen salario para enterrar unas marmitas repletas de oro en una bóveda, en una casa que, de nuevo, está escondida en un lugar secreto de Granada.

El cuento del jinete sin cabeza es el mismo cuando lo cuenta Tim Burton en Sleepy Hollow, aunque en su historia hay una lucha entre la superstición y la ciencia que no existe en la historia que yo escuché -que seguramente no sea exactamente la que me contaron-. Tim Burton se apoya a su vez en La Leyenda de Sleepy Hollow de Washington Irving. El escritor americano supo reescribir la historia del jinete sin cabeza que había escuchado en Granada y rematarla con una moraleja completamente distinta: al final, en el lugar donde desaparece la víctima aterrorizada del jinete sin cabeza, encuentran una calabaza que, bajo la influencia del pánico, había sido tomada por la cabeza del propio jinete, que es en realidad un bromista.

Imagino a Washington Irving en una noche mágica de la Alhambra de principios del siglo XIX escuchando la historia, una historia similar a la que me contaron a mí de niño. Debió pasar algún miedo el Americano allá arriba en la Sabika, aunque más tarde supiera reírse de la leyenda. En un tiempo en que la ciencia no deja sitio para la superstición, la magia se convierte en algo aún más tangible y los paseantes pueden sentirla de una manera real: en el aparte que forman las sombras más allá del bullicio del Paseo de los Tristes, el Puente del Avellano invita a retirarse a escuchar cómo baja el agua del Darro susurrando palabras de otros siglos, a imaginar qué sombras moran junto a la muralla de la Alhambra por  la Cuesta de los Chinos, a ver la timidez de la Luna al volar junto a la fortaleza roja sobre la Sabika, porque no hay leyenda ni cuento ni superstición que supere en intensidad a la oquedad que las sombras dejan en el traje nocturno de Granada, y si al respirar el frescor de la noche de agosto en este retiro momentáneo el paseante siente una brisa que acaricia su espalda con el sigilo de una sombra, aún dudará: ¿es el escalofrío aire del río Darro o la intuición de una espada que está a punto de terminar esta historia?

Lecturas recomendadas:
Irving, Washington. La leyenda de Sleepy Hollow y otros cuentos.
Irving, Washington (1991). Cuentos de la Alhambra. Editorial Everest. León.